"En un momento, 12 V 1935.
Por la noche, apenas me acosté, me
dormí, pero si me dormí rápidamente, más rápidamente todavía fui
despertada. Vino a mí un Niño pequeño y me despertó.
Este
Niño podía tener cerca de un año y me sorprendí de que hablara muy
bien, ya que los niños de esta edad no hablan nada o hablan de manera
poco comprensible.
Era indeciblemente bello, parecido al Niño Jesús y me
dijo estas palabras: Mira al cielo. Y cuando miré al cielo, vi. las estrellas brillantes y la luna.
Ese Niño me preguntó: ¿Ves la luna y las estrellas? Contesté
que las veía y Él me replicó con estas palabras: Aquellas estrellas son
las almas de los cristianos fieles y la luna son las almas consagradas.
Ves la gran diferencia de luz que hay entre la luna y las estrellas,
igual de grande es en el cielo la diferencia entre el alma de un
religioso y la de un cristiano fiel. Y continúo que la verdadera
grandeza está en amar a Dios y en la humildad. " (D. 424)
"Cuando
me quedé a solas con la Santísima Virgen, me instruyó sobre la vida
interior. Me dijo: La verdadera grandeza del alma consiste en amar a
Dios y humillarse en su presencia, olvidarse por completo a si mismo y
tenerse por nada, porque el Señor es grande, pero se complace sólo en
los humildes mientras rechaza siempre a los soberbios." (D. 1711)

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