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Hija Mía, vigila, porque llegaré inadvertidamente.



"29 XII [1936]. Hoy, después de la Santa Comunión, oí en el alma una voz:  
Hija Mía, vigila, porque llegaré inadvertidamente. 

Jesús, no quieres decirme la hora que espero con tanto anhelo. Hija Mía, para tu bien la conocerás, pero no ahora, vigila. 

Oh Jesús, haz conmigo todo lo que Te agrade, sé que eres el Salvador misericordioso y sé que no cambiarás conmigo en la hora de la muerte. Si ahora me muestras un amor tan singular y Te dignas unirte a mí de una manera tan confidencial y cariñosa, entonces espero todavía más en la hora de la muerte. 

Tú, mi Señor, Dios mío no puedes cambiarte, eres siempre el mismo; los cielos pueden cambiar y todo lo que ha sido creado, pero Tu, Señor, siempre el mismo, durarás por eternidad. 

Así que, ven cómo quieras y cuándo quieras. Padre de la Misericordia infinita, yo, Tu niña, espero con un vivo deseo Tu venida. 

Oh Jesús, Tú has dicho en el santo Evangelio: Te juzgo por tus labios, entonces Jesús, yo siempre hablo de Tu misericordia inconcebible, por lo tanto confío que me juzgarás según Tu misericordia insondable." (D. 854)

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